Por qué ir al cine solo

Al cine hay que ir solo y no bien o mal acompañado, como se expone en este artículo que concede ocho buenas razones. La compañía se disfruta mejor, y podríamos comprobarlo, en otras actividades.

“¿Estás  loco?”. “Pero ¿por qué vas solo?”. “La próxima vez avísame y yo voy contigo”. “¡Qué deprimente!”. “¿Para eso te casaste conmigo?”. “¿No tienes amigos o qué?”. “La verdad, eres un poco raro”. Todas estas son réplicas típicas a una persona que confiesa que ha ido al cine solo. A estos pronunciamientos los acompañan miradas de lástima, palmaditas en la espalda y, en general, muestras de solidaridad. Ante esta realidad el “confesado solitario” tiende a retraerse y no dar respuesta a los pronunciamientos de afecto y preocupación. Incluso, en ocasiones, miente: “es que me dejaron plantado; iba a venir con Perico López y siempre no pudo”; “se enfermó doña Chole, la nana de mi novia”. Cualquier explicación es mejor que aceptar la soledad voluntaria en el cine. Sin embargo, los que han ido al cine solos y lo han disfrutado saben muy bien que existen buenas razones para seguirlo haciendo. Es tiempo ya de dar respuestas firmes y contundentes ante la “tiranía de la opinión pública” que condena este hecho como de una excentricidad melancólica y rara.

Si uno está dispuesto a ir al cine únicamente acompañado, corre el riesgo de perderse algunas películas y, en el extremo, de nunca asistir. Invariablemente uno se encuentra un individuo que no vio la gran película de la temporada porque no encontró con quién ir al cine. El personaje en cuestión se siente excluido de las conversaciones sobre la mirada lejana y poderosa del gladiador, los tatuajes sugerentes de B. Monkey o las historias tan terriblemente urbanas del Distrito Federal en la última película mexicana de mayor pedigrí. Sin embargo, es mejor sentirse excluido de la conversación que “dar el brazo a torcer” e ir al cine solo. Lo paradójico es que esta persona está condenada a ver, probablemente sola, las películas en video, lo cual, se sabe, no es ni remotamente un sustituto de la pantalla grande.

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Ir solo al cine permite el escape fácil. Es decir, en cualquier momento del día, a la hora de la comida, por ejemplo, o después de la interminable junta con un contador de apellido Pontones, tiene uno la inaplazable urgencia de, como decía el eslogan de una cadena de cines norteamericanos, “sentarse, relajarse y disfrutar del espectáculo”. En cambio, si uno no puede ir al cine más que acompañado, empieza la búsqueda desgastante por encontrar a un cómplice. El primero no puede ir sino hasta el próximo 2 de octubre, después de las ocho de la noche. El segundo ya le había prometido a su novia Cuca que verían esa película juntos. El tercero es muy responsable y tiene que entregar los datos para una junta, al parecer, de importancia máxima para la seguridad nacional. En fin, todo esto lleva a la primera ley del grupo cinéfilo: a diferencia de las fugas de un campo de prisioneros de la Segunda Guerra Mundial, “en bola’no hay escape al cine”.

No hay duda de que la mejor película es la que uno quiere ver por lo que, en el cine, la satisfacción llega con la soledad. Cuando, en contraparte, se va al cine acompañado hay que negociar y consensuar la selección con resultados, en la mayoría de los casos, perversos. Al ir un grupo de amigos al cine, surge la pregunta obligada de “¿qué vamos a ver?”. Sin embargo, a esta pregunta se le contesta con otra: “¿cuál no hemos visto?”. Este segundo cuestionamiento es el origen de la perversión. ¿Por qué? Porque la película que nadie ha visto es precisamente la que nadie ha querido ver por ser malísima. No obstante, es preferible ver este “churro” todos juntos que cada uno, por su lado, ver una película estupenda. El argumento subyacente es que el objetivo de ir al cine no es ver una película buena sino estar, en la oscuridad y en silencio, juntos. Todo esto lleva a la segunda ley del grupo cinéfilo: “a mayor número de personas en el grupo, mayor la necesidad de consenso y, por tanto, mayoría probabilidad de una mala selección”. En este sentido, aun en el ambiente festivo demócrata que hoy priva en el país, hay que aceptar que, para escoger películas, la democracia simple y sencillamente no funciona. Por el contrario, cuando uno va solo, la decisión es totalitaria y uno ve lo que se le viene en gana y punto.

Más aún, hay un segundo elemento en la selección colectiva con resultados potencialmente perversos. Se deriva de la tercera ley del grupo cinéfilo: “a mayor número de personas en el grupo, mayor la probabilidad de la existencia de un individuo con un gusto pésimo (v. gr. el que adora a Van Damme’) quien, utilizando la toma de decisión democrática, puede llegar a convencer al grupo de ver un espectáculo atroz” (utilizando comparaciones falaces como que “Van Damme es lo mismo, o mejor, que Bruce Willis”, lo cual, huelga decirlo, es una gran aberración).

Incluso hay otro elemento perverso en la decisión colectiva. Se trata de la locación del cine. Esto se debe a la cuarta ley: “a mayor el número de personas, mayor la probabilidad de tener que ir al cine más cercano o al cine que le gusta al grupo, sea cual sea la película o películas que allí se ofrecen”. No falta el de Santa Fe que no quiere ir a Altavista o el del Estadio Azteca que prefiere el nuevo centro comercial en periférico sur. Nadie, nunca, quiere ir al cine Plaza. En esta época de centros comerciales, nadie sabe, ni quiere saber, en dónde queda el cine Plaza. En cambio, una persona sola selecciona la película que quiere ver y está dispuesto a cruzar la ciudad entera para disfrutarla. Para bien de la comunidad hoy existen múltiples cines con asientos cómodos, sonido de calidad, copias no rayadas de las películas y con buenas pantallas. Atrás quedaron los tiempos en que sólo había tres cines buenos.

También existen una serie de razones que justifican más la soledad que el acompañamiento y que tienen que ver con la logística misma de asistir al evento. Para empezar, hay una quinta ley del grupo cinéfilo: “a mayor número de individuos en el grupo, menoría probabilidad de encontrar boletos para la película deseada en los horarios más atractivos”. Es claro que, cuando se va solo al cine, siempre se consigue un boleto. En una encuesta realizada a cinéfilos solitarios se comprobó que nadie se ha quedado sin entrar a la película y horarios seleccionados. A la hora de la hora, el muchachito vendedor de boletos con gafete de bienvenida y que anuncia su nombre sin apellido “se apiada” y encuentra, misteriosamente, un boleto en la computadora. En sus adentros, este joven adolescente piensa que el “pobre diablo” merece un boleto por ir al cine “solito”. De hecho, esta evidencia demuestra que dentro de las computadoras vendedoras de boletos de cine hay reservadas ciertas entradas para los cinéfilos solitarios. De ahí que nunca se quede uno sin entrar a la función cuando va solo al cine.

Otra ventaja es que uno siempre encuentra un lugar justo donde se quiere sentar. Esto deriva de la sexta ley del grupo cinéfilo: “a mayor número de personas en el grupo, peor el lugar”. La gente no sólo está dispuesta a ver la película mala que nadie ha visto, sino que está empecinada en verla desde el único lugar en donde hay cinco asientos juntos, es decir, en la parte izquierda de la primera fila. Pero eso sí, todos se desnucan juntos. Ahora, en el caso de que el cine esté vacío, debido, evidentemente, a que la película es mala, viene la segunda negociación democrática: “¿en dónde nos sentamos?”. Al margen de que a algunos les gusta adelante, a otros en medio y a otros atrás, eventualmente hay argumentos apabullantes y tramposos: “es que se me olvidaron los lentes y no voy a ver nada”. ¡Ajá, como este individuo cegatón no trajo sus gafas, entonces todo el grupo debe terminar con tortícolis, pero eso sí, todos!. En cambio, cuando uno va solo, lleno o vacío el cine, uno siempre se sienta donde más le acomoda: donde mejor ve, donde puede estirar la pierna, lejos del niño llorón o cerca de la pareja cachonda, según las preferencias de cada uno.

Hay una séptima ley del grupo cinéfilo: “a mayor el número de personas, mayor la probabilidad de interrupciones y distracciones”. Es decir, la gente quiere compartir los chismes y las golosinas con sus compañeros y los despistados que se les explique constantemente lo que está pasando. Incluso el “dormilón” comparte sus ronquidos. Todo se vuelve parte de la dinámica del grupo que no permite la intimidad necesaria del espectador con la película.

Es difícil “meterse” a la historia si las palomitas van y vienen, si se oye el cuchicheo de la última aventura sexual de la prima Paty o si hay que contestar la pregunta ensayo de por qué el malo es tan malo. Uno disfruta más la experiencia de la pantalla grande cuando se “sumerge” en ella. Por eso se apaga la luz, se olvida uno de que es martes, que viene de la oficina y que va directo a la cena de micro-ondas de la casa. Se olvida para pasar un buen rato con Meg, Tom, Cameron o Harrison y no con Pancho, la “güera”, el “pollo” (siempre hay un “pollo”) o la mismísima prima Paty.

Pero la posible intromisión no sólo se da durante la película. De hecho, la más frecuente es después de ésta. Mientras uno va saliendo del cine, lentamente y con pasos de “gallo-gallina”, la gente tiene la absoluta obligación de comenzar a opinar, a hacerse oír, a decir algo gracioso, descalifica- torio o. peor aún, algo “inteligente” sobre la película, la trama de la película, los personajes o la fotografía. Que si la película es malísima pero tiene un “mensaje profundo”. Que si al galán se le veían chuecos los dientes. Que si al Chivo ya lo habían nominado al Oscar y es el primo de Sandra. ;Ah, la soledad bendita que permite salir a toda velocidad o esperarse hasta el final para ahorrarse los dolorosos comentarios! En contraste, al ir acompañado uno tiene que escucharlos, replicarlos y poner una buena cara en todo este proceso. En suma, aplica la octava ley: “a mayor el número de personas. mayor la probabilidad de tener que escuchar necedades al final de la película’.

Cabe destacar un asunto relevante. Las razones para ir al cine solitariamente aplican al contexto actual. En el pasado, no tan lejano, el cine, como la plaza, era un lugar de reunión comunitaria. Quizá la película que mejor captura esta época es Cinema Paradiso. La gente del pintoresco pueblecito siciliano se reunía en el cine para platicar, jugar, “ligar” o incluso supervisar las buenas maneras de la grey. Era parte de la vida comunitaria del pueblo. Sin embargo, este mundo —para bien o para mal— ya no existe y, hoy por hoy, se va al cine a disfrutar del maravilloso espectáculo que es el cine en sí.

En suma, en la actual época posmoderna hay una gran serie de actividades que vale la pena hacerse acompañado: una buena cena, una “cascarita”, una emocionante noche de póquer, tomarse un saludable vinito o criticar al gobierno en turno. Sin embargo, cuando se trata de ir al cine, más vale solo que bien o mal acompañado.

Javier Tello Díaz y Leo Zuckermann.

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